Ahora lo veo todo como un eco vacío. Vacías las metáforas, todo relleno del más puro teorema racional.
No encuentro ninguna esencia desde hace tiempo. Creía que andaba buscando el sentir en cada rincón del planeta pero, llegados a este momento de domingo-tarde-común, me he dado cuenta de que no, de que extiendo mis brazos bajo la lluvia para poder sentir el movimiento aleatorio de la dicha y la desdicha.
No hay nada que consiga gemir un susurro entre mis huesos secos. Todo a mi alrededor lo contemplo vacío. Sigo viendo tu amor como un simple teorema robotizado.
Me produce la Muerte.
2011-11-27
2011-11-17
Ecuaciones indiferentes
Joder, basta ya.
Nos dedicamos todo el día a investigar sobre el amor, a indagar sobré él; a cuestionarlo y a marchitarlo como sólo nosotros bien sabemos. Inventamos teorías acerca de él. Construimos ecuaciones y las solventamos diciendo que X es X e Y es Y; pero ni siquiera sabemos de matemáticas. Creemos en él fielmente, de manera fiel, como le encanta a la gente ser: Fiel. Fidelidad fidedigna, que nos acoge y nos engloba en el mismo saco de amantes con matrícula de honor sin aprobar la práctica. Todo el día filosofando en torno a él, con él, para él. ¿Tan importante es saber hacerlo bien?, ¿saber amar bien?.
¿Alguien saber realmente Amar?, ¿sabes Amar sin caer en amar?.
Andamos como desesperados por compartir los esquemas, por subrayar los mismos temas. Los renglones que se suceden han dado la vuelta. Tu sintaxis ya no es válida y las teorías son caducas. Entonces... ¿cual es tu objetivo?
Joder, basta ya. Olvidaste la poesía, las canciones, el pálpito de tus órganos y tu respiración. Olvidaste el monte y el aire, el verde y el azul. Todo es blanco o negro; pero sin saber cómo, las teorías ya no encajan. La práctica se ha quedado obsoleta y las dulces membranas que recubren tus ojos tornaronse secas. Entonces, divagas y mendigas una solución que no existe. La solución está en uno mismo, tan intrínseca y tan ligada como el Sentir; pero las palabras nunca estuvieron hechas para el corazón de un hombre, así como las teorías nunca fueron escritas para el Sentir.
El amor es inconfundible al Amor.
Nos dedicamos todo el día a investigar sobre el amor, a indagar sobré él; a cuestionarlo y a marchitarlo como sólo nosotros bien sabemos. Inventamos teorías acerca de él. Construimos ecuaciones y las solventamos diciendo que X es X e Y es Y; pero ni siquiera sabemos de matemáticas. Creemos en él fielmente, de manera fiel, como le encanta a la gente ser: Fiel. Fidelidad fidedigna, que nos acoge y nos engloba en el mismo saco de amantes con matrícula de honor sin aprobar la práctica. Todo el día filosofando en torno a él, con él, para él. ¿Tan importante es saber hacerlo bien?, ¿saber amar bien?.
¿Alguien saber realmente Amar?, ¿sabes Amar sin caer en amar?.
Andamos como desesperados por compartir los esquemas, por subrayar los mismos temas. Los renglones que se suceden han dado la vuelta. Tu sintaxis ya no es válida y las teorías son caducas. Entonces... ¿cual es tu objetivo?
Joder, basta ya. Olvidaste la poesía, las canciones, el pálpito de tus órganos y tu respiración. Olvidaste el monte y el aire, el verde y el azul. Todo es blanco o negro; pero sin saber cómo, las teorías ya no encajan. La práctica se ha quedado obsoleta y las dulces membranas que recubren tus ojos tornaronse secas. Entonces, divagas y mendigas una solución que no existe. La solución está en uno mismo, tan intrínseca y tan ligada como el Sentir; pero las palabras nunca estuvieron hechas para el corazón de un hombre, así como las teorías nunca fueron escritas para el Sentir.
El amor es inconfundible al Amor.
Ars Amandi, Reflexiones filológicas,
De la Destrucción,
Reflexiones invernales
2011-10-21
Sagradas Escrituras
Los relatos se convierten en sacros micro momentos vacíos sin forma. Acumulan polvo en la retina del ordenador esperando un lector; pero ellos se tornan inertes al paso de los días. Al paso de los meses. Al cabo de los años, son un sinsentido. Buscabas el momento ideal. La separación del total sería el momento ideal.
Simples eyaculaciones vocálicas que se convierten en las Sagradas Escrituras.
¿Para qué desempolvarlas?
Simples eyaculaciones vocálicas que se convierten en las Sagradas Escrituras.
¿Para qué desempolvarlas?
Ars Amandi, Reflexiones filológicas,
Al cubo de la basura,
Things I'll never send
2011-10-15
Marco
La enfermedad de su madre distorsionaba la realidad de Marco hasta el punto de perdel el control sobre sí. Agitado y enfurecido en su cuarto, contaba calumnias en su cabeza, alborotada y descuidada, hasta que el nuevo amanecer le tendiese la mano. Odiaba las noches, su alrededor era susceptible al ruido. Se arañaba la cara, las piernas, la tripa. Escondía cicatrices y se odiaba tanto por consentirse el desprecio propio. Ofrendaba su cuerpo y su ser al yugo que eran las palabras sucias de su madre. El odio era inmenso y su garganta angosta, por donde no brotaba ya, signo alguno de vida.
Marco no quería aceptar que, no iba a servir de nada mantener una conversación en frío. No serviría tampoco sentarse frente a frente para llegar a una conclusión. Nunca había una conclusión. Insinuaba con tiernas palabras que buscara asistencia médica, para calmar la ansiedad y recobrar la ilusión por vivir; pero es incapáz de aceptar que tiene un problema y que debería buscar ayuda. A Marco eso le agota. Eso y que su padre siempre le pase el muerto a él y no ejerza su papel:
-¡Marco! ¿ qué le has dicho a tu madre para que esté así?
-Nada, simplemente le he ignorado.
-¡Marco, algo habrás hecho que tu madre está así. Sabes que está así porque la haces sufrir, porque le haces daño.
-¿Por qué iba yo a hacerle daño? Es ella, que exagera las cosas y se ha puesto a gritar.
-Mentira, algo le habrás dicho que estás llorando. Siempre haces lo mismo. Siempre la haces sufrir. Sabrás que es tu culpa que esté así.
Aquellas palabras marcaban a Marco día tras día. Su padre lo forzaba a creer que le hacía daño a su madre, que la hería. Su madre, le hacía ver que era su padre quien le hacía verdaderamente daño cuando pasaba largas jornadas ausente del hogar y después no le dirigía la más mínima palabra. Marco no podía soportar, con la entereza de un joven chaval, todas aquellas noches que, desde los 14 años, se iban sucediendo. Marco tiene ahora 23, y después de algunos episiodos escabrosos con su madre, sólo se preocupa por su salud; pero se preocupa mal. O no sabe preocuparse bien. Tiene miedo, terror, pánico; a que pueda pasarle algo a su madre. No quiere que sufra; pero es algo imposible. Están perdiendo ambos el control sobre sí mismos y él solo quiere huir. Tiene los nudillos hechos polvo, el corazón le brota del pecho y sufre angustia continua. Es agotador. No es capáz de contar con nadie, exceptuando con la chica que le devuelve toda esperanza. Ella es su gran apoyo.
No parece real. No parece que su madre esté enferma, no presenta signos evidentes de ello. Le gustaría contar con el apoyo de su padre, figura a la que admira y no sabe muy bien por qué. Quizá porque es un tipo frío, distante, alto y serio, rendido ante el trabajo y dispuesto al sufrimiento de la vida y a la maduración personal. Un tipo que jamás llora. Marco lo admira, pero le queda bastante camino para ser como él y se decepciona en el camino. Quizá, solo quizá, Marco se dé cuenta de que su padre está siendo injusto con él haciendo que cargue con el sentimiento de culpa de su madre. Que cargue él, con 23 años con la responsabilidad de la enfermedad de su madre. Es injusto solo porque su padre esté acobardado con el futuro próximo, tanto o menos que su hijo Marco.
Los ojos del chaval están hundidos. Se encuentra abatido y busca un consuelo desesperanzado en la distancia. Alguien. Ella. Que le cuide y le guarde de todo dolor. Quiere estar solo. Quisiera perder la facultad del habla. Perder la facultad de comunicación que tan trastocado lo tiene. Marco no se encuentra a sí mismo. Se ve en e espejo y no se reconoce. Tan solo encuentra consuelo en la Escritura, en la mágia de las palabras. En lo imposible de su tristeza. En la mirada de los ojos de Ella.
Marco no quería aceptar que, no iba a servir de nada mantener una conversación en frío. No serviría tampoco sentarse frente a frente para llegar a una conclusión. Nunca había una conclusión. Insinuaba con tiernas palabras que buscara asistencia médica, para calmar la ansiedad y recobrar la ilusión por vivir; pero es incapáz de aceptar que tiene un problema y que debería buscar ayuda. A Marco eso le agota. Eso y que su padre siempre le pase el muerto a él y no ejerza su papel:
-¡Marco! ¿ qué le has dicho a tu madre para que esté así?
-Nada, simplemente le he ignorado.
-¡Marco, algo habrás hecho que tu madre está así. Sabes que está así porque la haces sufrir, porque le haces daño.
-¿Por qué iba yo a hacerle daño? Es ella, que exagera las cosas y se ha puesto a gritar.
-Mentira, algo le habrás dicho que estás llorando. Siempre haces lo mismo. Siempre la haces sufrir. Sabrás que es tu culpa que esté así.
Aquellas palabras marcaban a Marco día tras día. Su padre lo forzaba a creer que le hacía daño a su madre, que la hería. Su madre, le hacía ver que era su padre quien le hacía verdaderamente daño cuando pasaba largas jornadas ausente del hogar y después no le dirigía la más mínima palabra. Marco no podía soportar, con la entereza de un joven chaval, todas aquellas noches que, desde los 14 años, se iban sucediendo. Marco tiene ahora 23, y después de algunos episiodos escabrosos con su madre, sólo se preocupa por su salud; pero se preocupa mal. O no sabe preocuparse bien. Tiene miedo, terror, pánico; a que pueda pasarle algo a su madre. No quiere que sufra; pero es algo imposible. Están perdiendo ambos el control sobre sí mismos y él solo quiere huir. Tiene los nudillos hechos polvo, el corazón le brota del pecho y sufre angustia continua. Es agotador. No es capáz de contar con nadie, exceptuando con la chica que le devuelve toda esperanza. Ella es su gran apoyo.
No parece real. No parece que su madre esté enferma, no presenta signos evidentes de ello. Le gustaría contar con el apoyo de su padre, figura a la que admira y no sabe muy bien por qué. Quizá porque es un tipo frío, distante, alto y serio, rendido ante el trabajo y dispuesto al sufrimiento de la vida y a la maduración personal. Un tipo que jamás llora. Marco lo admira, pero le queda bastante camino para ser como él y se decepciona en el camino. Quizá, solo quizá, Marco se dé cuenta de que su padre está siendo injusto con él haciendo que cargue con el sentimiento de culpa de su madre. Que cargue él, con 23 años con la responsabilidad de la enfermedad de su madre. Es injusto solo porque su padre esté acobardado con el futuro próximo, tanto o menos que su hijo Marco.
Los ojos del chaval están hundidos. Se encuentra abatido y busca un consuelo desesperanzado en la distancia. Alguien. Ella. Que le cuide y le guarde de todo dolor. Quiere estar solo. Quisiera perder la facultad del habla. Perder la facultad de comunicación que tan trastocado lo tiene. Marco no se encuentra a sí mismo. Se ve en e espejo y no se reconoce. Tan solo encuentra consuelo en la Escritura, en la mágia de las palabras. En lo imposible de su tristeza. En la mirada de los ojos de Ella.
Ars Amandi, Reflexiones filológicas,
Al cubo de la basura,
De la Destrucción,
Ládrame
2011-10-03
Autocrítica
Releer todas y cada una de las entradas de Enero, Febrero y Marzo de este año me han servido de gran alivio. He releido cosas que me parecen increibles y que difícilmente las reconocería como mias. Sin embargo, he podido sentir la paulatina contracción de mi estómago al leer tanta sangre en forma de palabras. Ahí hubo sangre, mucha sangre.
Concretamente uno de Febrero y uno de Marzo cuentan con la suficiente calidad literaria como para poder participar en algún concurso juvenil o algo similar, pero ¿quién va a querer leer unos relatos cuyo contenido es nulo? No sabría clasificarlos, así que ahí se quedarán.
Es obvio el desentreno que he sufrido durante todo el verano. Es totalmente justificable.
*
Concretamente uno de Febrero y uno de Marzo cuentan con la suficiente calidad literaria como para poder participar en algún concurso juvenil o algo similar, pero ¿quién va a querer leer unos relatos cuyo contenido es nulo? No sabría clasificarlos, así que ahí se quedarán.
Es obvio el desentreno que he sufrido durante todo el verano. Es totalmente justificable.
*
Ars Amandi, Reflexiones filológicas,
Al cubo de la basura
Iscriviti a:
Post (Atom)